Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
La música es,
posiblemente, la más misteriosa de las artes conocidas, misteriosa en
ese sentido profundo que apunta hacia lo inefable, las regiones últimas
donde el lenguaje parece insuficiente y fútil y, en contraste, nos
descubre, así sea por un instante, un universo donde lo absoluto es
asequible.
Quizá por esta razón es
tan difícil entender por qué la música es capaz de conmover a pesar de
no estar hecha de palabras. Con estas, como ya lo teorizara Jacques
Lacan, es más o menos evidente la relación que establecen con las
palabras que llevamos con nosotros mismos y las cuales, cuando se les
toca, cuando un verso, la línea de una novela, un diálogo en una
película, la charla sostenida con un amigo, se enlazan directamente con
nuestra cadena de significantes, entonces es más o menos comprensible
que algo se remueva dentro de nosotros y suscite una reacción emotiva.
Si, azarosamente, una persona nos habla de la misma manera que nuestra
madre, si circunstancialmente y sin saber repite casi en todas sus
palabras la frase que más recordamos de un amor perdido, si en una obra
de teatro un personaje parece hablar como nuestro padre, sería inhumano
que no nos conmoviéramos hasta las lágrimas y la desolación, que no
atisbáramos la posibilidad de alegría y regocijo.
¿Pero por qué la música también es capaz de esto? Esa música que es, citando a Mendelssohn, Lieder ohne Worte,
canciones sin palabras. ¿Qué hay en la música que aun sin participar
estrictamente de los significantes lingüísticos de las emociones
humanas, es capaz de echar raíces en los campos semánticos de estas y
también generar frutos? ¿Por qué es posible imputar felicidad
esperanzadora a la Novena Sinfonía de Beethoven, melancólica desolación a la Quinta de Mahler, cierta alegría gratuita y hasta un poco vana a varias piezas de Mozart, sensualidad al Prélude à l’après-midi d’un faune, si ninguna de estas parecen hechas de eso?
No sé si haya respuesta
a esto. Mi juicio me hace pensar que los compositores son seres para
quienes el mundo es esencialmente sonido. A diferencia de un pintor, un
cineasta o un fotógrafo, para quienes la realidad está organizada
visualmente, que encuentran dichas emociones en el acomodo geométrico de
un escenario, en la luz de cierto momento del día que cae en un ángulo
específico, los colores que dominan una escena, o los escritores que
entienden su entorno en estructuras sintácticas y gramaticales, en la
palabra precisa que define una coincidencia de circunstancias, en el
adjetivo que se ajusta a una mirada en especial, los músicos ejercen la
reducción de la complejidad del mundo a una escala sonora que lo exprese
y lo cuestione, lo describa desde la perspectiva sumamente abstracta
del ejercicio musical.
Quizá el enigma se deba
en buena medida a esta última característica. En efecto: de todas las
disciplinas mencionadas, la música es la única que no vemos ni palpamos,
sino que solo sentimos y, por si fuera poco, existe únicamente cuando
es interpretada. Es cierto que las grabaciones son ya cosa corriente,
pero estas son un sucedáneo incomparable de ese momento en que el
director mira por última vez a su orquesta antes de iniciar
verdaderamente, ese instante en el que todo alrededor parece detenerse y
que de algún modo hace recordar la Creación y el improbable vacío
anterior justo a que todo comenzara a existir. No por nada, desde
tiempos remotos y en diversas tradiciones, la composición musical ha
sido metáfora de la génesis divina.
No vemos la música y sin embargo la sentimos en sus efectos. Terminamos de escuchar un concierto para clavecín de Bach y sentimos que amamos más la vida, o quizá no, quizá preferiríamos que todo se detuviera y acabara en ese mismo instante.
Puede ser que este sea
un enigma propio de la neurociencia y también de cierto análisis
cultural en torno a los mecanismos que operan el gusto estético y los
recursos que se gestan en determinadas épocas para expresar la
sensibilidad. ¿La capacidad de elección también es ilusoria en el
artista que vive sumido en una época de manías y aversiones bien
definidas, de maneras para hacer las cosas? Fuera del romanticismo, ¿qué hubiera sido de Chopin?
Como se ve, este es un
texto hecho más de preguntas que de respuestas, algo que parece
inevitable cuando se intenta raspar la pátina mistérica la música.
“De lo que no se puede hablar, hay que callar”.
